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jueves, 18 de diciembre de 2008

La llorona

-¿Por qué lloras, llorona?
-...
-¿Le echas de menos?
-...
-Déjalo, no va a volver.
-Lo sé.
-...
-Creo que empiezo a odiarle. Y no quiero.

jueves, 30 de octubre de 2008

Premios y castigos

Ahora que ya no está a su lado se he dado cuenta de que estuvo y está enamorada de él. Él ya la ha olvidado, pero ella justo empieza lo que él sufrió en silencio. Ahora sabe por lo que pasó. Y tiene lo que se merece. Él madura, ella sigue estancada en lo mejor de una relación que no volverá a repetirse. Él crece, ella empequeñece. Se esfuerza por odiarle pero a día de hoy sigue sin encontrar algún motivo de peso.

Inma

jueves, 18 de septiembre de 2008

Primera cita

Imaginó tanto aquel encuentro inminente que, entrada la noche y a menos de nueve horas, se quedó desesperada y desorientada en la cama, como una cucaracha recién rociada con insecticida, estancada contra la superficie, boca arriba, moviendo inútilmente las patitas, buscando el oxígeno que ya no llega. Temerosa de quedarse como ellas a esperar la muerte, hizo un sobreesfuerzo y se volteó dándole la espalda al miedo.

Inma

lunes, 18 de agosto de 2008

Microcuento de interpretación libre.

A medio concierto no pudo contenerse más.


Inma

domingo, 27 de abril de 2008

Desgracia en prosa de un poeta

El tiempo me ha enseñado que las bocas no son más que eso: dos labios, dientes sarrosos y una lengua salivosa que no cuelga por fuera porque no puede. Que terminan donde empiezan y que no llevan a ninguna parte. Ni siquiera la de aquella jovencita de la escuela me enganchó. Chillaba como una gata en celo, me mordía recelosa para que le perteneciera, succionaba mi miembro sin rechistar, limpiaba mis impurezas con su lengua, y aun así la aborrecí. A mis años estoy cansado de erotismo barato. Quien me diera una musa que me enseñara el amor.


Inma

domingo, 30 de diciembre de 2007

El propósito de Lola

Cerró la puerta, encendió la minicadena, y se quitó el albornoz dejándolo caer sobre la cama. Puso la pista 9 y moviendo su cuerpo ligeramente de derecha a izquierda, empezó a buscar por entre su ropa íntima. Se vistió frente al espejo, se puso las medias, sacó con cuidado el vestido de la percha y se terminó de arreglar en el baño. Se había hecho un recogido en el pelo. El corte del vestido la hacía muy atractiva. Olía a amapolas.

Se puso los tacones y caminó por el pasillo hasta la cocina.
— Estás guapísima, cariño. ¡Madre mía!
— Gracias.

Mario no reaccionaba, permanecía embobado mirándola, como encantado por su presencia.

— Voy a ir a por más cava. Con el que han traído ellos no tenemos bastante.
— mmm, vale pero Celia ha traído dos botellas...
— Me apetece seco; ahora vuelvo.
— Pero no tardes, son ya las doce menos veinte. En nada empiezan las campanadas.

Mario se acercó a ella y agarrándola por la cintura la besó deseándola más que nunca.
Lola se despidió con un “hasta ahora” de sus amigos, volvió a besar a Mario, cogió el bolso y cerró la puerta con decisión.

— ¿Javi, dónde estás?
— Sigo en el Luxus.
— Bien.
— ¿Estás segura?
— Sí.

Lola se subió al primer taxi que vio.
— ¿Dónde la llevo?
— Al Luxus, por favor.


Imeta

lunes, 24 de diciembre de 2007

Feliz Navidad

Se desperezó con cuidado para no despertarla. Fuera estaba nevando. Se incorporó, abrió la ventana ligeramente y sacó sus manos. Nevaba muchísimo. Pronto la nieve llenó de blanco el bello de su pecho. Y su cabeza. “Feliz Navidad” se decía a sí mismo mientras sonreía por dentro.

“Hou, hou hou, muñeco de nieve”― le dijo ella riéndose. Otto la miró resignado. “Eres una burlona, niña, incluso recién despertada” ― le contestó. María le calló con el más dulce de los besos y sacó sus manitas con las de él. Y hasta que no dejó de nevar no se despegaron de la ventana.


Imeta

domingo, 28 de octubre de 2007

C

Cuando A y B colgaron, después de dos horas hablando, A empezó a pensar que B ya no la quería como antes. Y se puso triste. Más por C, su pareja, que por B.


Imeta

domingo, 7 de octubre de 2007

7-oct

Había pasado un año desde entonces. Seguía siendo la misma, solo que en otra ciudad y rodeada de otra gente. Había dejado la faena de casa para continuar con sus estudios. Ahora vivía en un piso alquilado con su mejor amiga, volvía a gastar dinero en ropa y sonreía a menudo. Sustituyó a su padre y hermano por un chico de la ciudad. Pasó de preparar la cena para las nueve en punto a cenar con su amante entre polvo y polvo. Abandonó los emails e Internet para centrarse en sus apuntes y traducciones.

¡Qué bien, qué adulta, qué responsable, qué valiente, y qué vida tan buena tiene por delante!- Pensaba cualquiera que la conociera. Ella, que se conocía mejor que nadie y no necesitaba llorar para verse mal, sabía que sí seguía siendo la misma: la misma en quien se convirtió la noche en que vio morir a su madre.

Imeta

viernes, 28 de septiembre de 2007

Fe. Miedo. Complicidad

Al desperezarse, todavía con los ojos cerrados, se dio cuenta de que no llevaba nada puesto. Se asustó.
Abrió los ojos. Clavó su mirada en el techo e imploró ayuda.
Volteó la cabeza hacia su izquierda (su derecha).
Ahí estaba.


(Para sus adentros empezó a llorar.)


Devolvió su mirada al techo. Continuó implorando.
Finalmente se giró.
Ahí estaban.
Ella y él. (Él y ella.)


Al unísono, se abrazaron.


Inma*

sábado, 22 de septiembre de 2007

Otto, María y el silencio

Con el cierre del bar, María le pidió a Otto que la llevara a casa. La cogió tímidamente de la mano y la llevó hacia el metro. Cien metros más adelante, María le corrigió y le aclaró que no se refería a la suya, sino a la de él.

Apenas se habían dicho nada en toda la noche, de ahí la sorpresa de Otto. La agarró de la mano, esta vez con más decisión, y la llevó consigo hasta el número veintidós de esa misma calle. A cada paso que daban, Otto se ponía un poco más nervioso, María, en cambio, se esforzaba en silencio por encontrar la frase perfecta. Otto la soltó para sacarse las llaves del bolsillo y le aguantó la puerta para que pasara. Entraron en el ascensor y sin mediar palabra, llegaron a la tercera planta.

Las llaves en la cerradura rompieron el silencio de la escalera, que para nada les incomodaba. La corriente cerró bruscamente la puerta y Otto, algo asustado, se fue presto a la cocina en busca de más alcohol. Ella le siguió sin que él se enterara y se sentó en la pila, casi rozando el fregadero. Se lo imaginaba dentro de ella y perdía la noción del tiempo o espacio; por mucho que lo intentara, era incapaz de coordinar las palabras.

Después de rebuscar en el frigorífico la cerveza más fría, Otto se dio la vuelta y la vio allá sentada, callada, como si estuviera esperando algo. Aquella sencillez la hacía tan atractiva…
- ¿Coronita o Heineken?

Seguía callada. Le volvió a preguntar pero solo inclinó la cabeza hacia abajo. Otto bajó la mirada siguiendo la de ella y sintió de repente una presión desmesurada en su pantalón.

María tenía la falda ligeramente subida y las braguitas bajadas, a la altura de los tobillos.


Imeta

miércoles, 5 de septiembre de 2007

El tiempo no vuela

A Berta le hubiera gustado cerrar los ojos y teletransportarse hasta su cuarto. La estancia en aquella ciudad de edificios enormes y taxis naranjas, la misma que presume de multiculturalidad y libertad, se había convertido para ella en algo así como una prisión.
Cada mañana, nada mas despertarse, pensaba en los días que faltaban para volver.
Nada se le había perdido en Toronto.
Nada, que pudiera retenerla.
Bares, estudiantes, conciertos… Después de todo, nada nuevo.
Lo “nuevo” estaba en aquel cuarto.
Y ella moría de ganas de no tener que imaginárselo.


Imeta

sábado, 23 de junio de 2007

I love the rain the most when it stops

Ésta es la historia real de una amiga. No solía hablarme de su vida sexual; según ella no tenía mucho que contar. Había salido con muchos chicos pero todos, decía, eran nefastos en la cama. Demasiado lentos y empalagosos, o rápidos y secos. Están los que preguntan constantemente a la chica cuánto falta para que llegue al orgasmo, los que en vista del “éxito” se exceden con los dedos tras el coito, los que son demasiado delicados para el sexo oral, o los que obligan a una a ducharse después de tanto lengüetazo. También los hay que muerden demasiado los pezones, que pasan de caricias en la espalda, o que no besan el ombligo. Unos llevan boxers demasiado ajustados, otros calzoncillos poperos o infantiles y los que llevan gallumbos de cuadros no se quitan los calcetines al hacerlo.

Como os contaba, no estaba satisfecha pero poco tardó en remediarlo. Todas las mañanas, al levantarse, subía un poco la persiana para sentirse observada, ponía música y se masturbaba. La mayoría de las veces, con orgasmo. Después, ducha y al trabajo. Visitaba el sexshop del centro una vez por semana. Estaba aficionada a los consoladores y lubricantes, y sentía interés por cualquier objeto que pudiera darle placer. Una cosa no quitaba a la otra y continuaba, siempre que podía, acostándose con chicos. Lo que sí iba de mal en peor era la idea que tenía de éstos. −Nosotros no los necesitamos, Berta. Total para lo que hacen. Lástima que no podamos acariciarnos a nosotras mismas en según qué zonas− opinaba.

Pero aquella mañana, me confesó en el trabajo, no se había masturbado. Nunca, ni siquiera ella sola, había sentido el cosquilleo de la noche anterior. Le conoció en un bar, charlaron y bebieron toda la noche. Él se ofreció a acompañarla a casa, ella le invitó a subir para prestarle el CD del que le había hablado y juntos se desnudaron lentamente mientras Joe Purdy recitaba cantando de fondo. Todavía se le erizaba la piel al recordarlo.
−Se llama amor a primera vista−, le dije yo.


Inma

La montaña rusa

Empieza sin prisas, más bien despacio; bien por la incertidumbre, o por el miedo. Pero enseguida quiere más. Aumentan el deseo y la velocidad; se dispara la adrenalina. Acto seguido, un efusivo descenso. Al llegar abajo, valga la redundancia, BAJÓn. Por monotonía, aburrimiento, desilusión, inapetencia o ganas de más. El año que viene, dios dirá.

Nunca sube a la montaña rusa; le basta y le sobra con su vida amorosa.


Inma

martes, 19 de junio de 2007

Nada

Le gustaba tan poco lo que veía frente a ella que decidió cubrir el espejo de su cuarto con papel de periódico. Sin embargo, para su sorpresa, aquel espejo nunca le había sido tan sincero: Claudia ya no veía nada, que era justo en lo que se había convertido.

Inma

sábado, 16 de junio de 2007

Javier

Al releer sus cuentos supo que no podía separarse de él. La elección no era tarea fácil: su orgullo o Javier. Veinte minutos más tarde, con la cabeza gacha y la voz profundamente cavernosa, le pidió perdón.

Inma

lunes, 11 de junio de 2007

¿El trench de la suerte?

Andrés, 29 años, licenciado en publicidad y relaciones públicas, soltero y siempre a la última. Un martes 5 de octubre de 2006 le comunican que no le van a renovar el contrato. Dos semanas después, aburrido de estar en casa, decide invertir el finiquito en un trench de segunda mano: 35 euros, de Burberry, color beige, de algodón, con trabillas sobre los hombros y diez botones grabados. De no ser porque desconocía el significado de la palabra amor, hubiera dicho que aquello había sido amor a primera vista. Esa misma tarde, recibía una llamada del sr. Gutiérrez ofreciéndole 2100 euros por trabajar en su empresa ocho horas diarias.

Octubre, noviembre y diciembre pasaron volando. Andrés y su chaqueta se habían convertido en lo mejorcito de la empresa, ascendiendo de puesto en dos ocasiones. Cuando sus amigos le preguntaban el por qué de tanto éxito, el joven lo tenía claro: el trench. Enero fue bastante frío hasta que conoció a María, la hija del jefe. Estaban locos el uno por el otro pero a la joven no le gustaba que Andrés llevara todos los días la misma chaqueta. Una noche en el Fantástico, Andrés tenía tantas ansias de saborear la dulzura de María que no quiso esperar, como de costumbre, a la última canción y olvidó con las prisas su trench en una esquina del local. Cuando volvió al club tres horas más tarde ya no estaba.

Febrero volvió a ser frío y gris. Andrés había echado de casa a María tras lo ocurrido la última noche y en la oficina las cosas iban de mal en peor. Pero una noche la joven llamó a su puerta. Llevaba en la mano el trench de Andrés. Sabía cuánto significaba para él y se había pasado cada una de sus tardes libres en tiendas de segunda mano hasta encontrarla. Esa noche, después de arrodillarse y suplicar a María una segunda oportunidad, la cama ardió hasta que salió el sol. Así cada noche.

Los meses se esfumaban como antes, llenos de éxitos y satisfacción pero una tarde, María pidió a Andrés que se pusiera otra chaqueta para ir a cenar con sus padres. Ante la negativa del joven, María, encolerizada por tanto disparate, le dio a elegir: el trench o ella. Andrés eligió lo primero.

La vida parecía sonreírle de nuevo. En el trabajo le iba como siempre; había perdido a María pero con dinero pronto podría sustituirla. En Mayo el sr. Gutiérrez le ordenó subir a su despacho. Le esperaba con una pila de revistas de moda.
–¿Ve estos anuncios, Andrés? Esta primavera se llevan las americanas y no ese trench anticuado que me lleva en todas las conferencias. O renueva su armario de una vez por todas o tendré que despedirle.

Pero Andrés se negaba a separarse de algo tan importante para él. ¿Qué iba a hacer sin su trench? Un mes después estaba en la calle. Se pasaba los días encerrado en casa observando aquella chaqueta. Tenía aquel maldito trench pero no a María. Entonces comprendió lo que significaba estar enamorado.


Inma

domingo, 10 de junio de 2007

Suspendida

En clase de literatura le habían mandado escribir un texto erótico. Como lo había dejado para el final, disponía solo de dos horas antes de entregarlo. Se preparó frente al ordenador, puso de fondo el último de Arab Strab y esperó a que se le ocurriera algo. Cuando se dio cuenta, tenía el sexo húmedo y sus dedos olían a hierbabuena. Lo expresó por escrito y acto seguido se dio un baño. De no revivir en la bañera lo sucedido, hubiera llegado a tiempo a clase.

Inma

Aprobada

En clase de literatura le habían mandado escribir un texto erótico. Como lo había dejado para el final, disponía solo de dos horas antes de entregarlo. Se preparó frente al ordenador, puso de fondo el último de Arab Strab y esperó a que se le ocurriera algo. Cuando se dio cuenta, tenía el sexo húmedo y sus dedos olían a hierbabuena. Ahora solo le quedaba expresarlo por escrito.

Inma

viernes, 8 de junio de 2007

¡Feliz Cumpleaños!

Ni un solo alfiler cabía en el comedor. La habitación estaba irreconocible: había globos y serpentina por todas partes, banderitas colgando del techo, fotografías suyas pegadas por la pared... No faltaba nadie: el padre de Daniela, su hermano, familiares más allegados, algunos vecinos, amigos, su novio, amigos de su hermano, incluso su profesora de inglés; y todos y cada uno de ellos con un gorrito fluorescente y un rollo de serpentina en la mano esperando a que Daniela soplara las velas.

Estaban todos efusivos y alborotados. Aquellas sonrisas desbordantes y tanto vocerío desaforado empezaban a incomodar a la joven. Era ella quien cumplía 22, no ellos; además, no entendía el por qué de tanta felicidad. De repente, casi dejándola sorda, alguien le anuncio al oído el momento más esperado.
−¡Cumpleaños Feliz, Cumpleaños Feliz, te deseamos todos Cumpleaños Feliz! ¡Bien! ¡Bien! ¡Pide un deseo, Daniela! ¡Corre, venga, pide un deseo! − Gritaban sus amigos.

Y Daniela desapareció.

Al cabo de dos minutos, Daniela estaba sentada con su madre y uno de sus mejores amigos en una nube densa y blanca. En el cielo todo el mobiliario estaba hecho con nubes.


Inma