Mike no entendía de aquellas cosas, simplemente hacía lo que le pedían y todos le sonreían y se iban contentos. Para él era sencillo, salvo cuando se complicaba entonces no le gustaba su trabajo. Los días en los que se manchaba le hacían sentir que no servía para eso pero un par de copas en la taberna le hacían olvidar hasta de cómo llegar a su casa, casi siempre con la cartera vacía, por eso aún no se había jubilado. Un día estando en el depósito, había estado examinando cinco cuerpos todos ellos con conclusiones, a su criterio, satisfactorias. Cuando a última hora entró un cadáver nuevo al depósito y media hora antes de salir significaba horas extras.
Comenzó a examinar el cuerpo, todo parecía normal para un hombre que había sido golpeado en mitad de la noche por un bus nocturno estando éste totalmente ebrio. Cuando le descubrió la cara no podía creer lo que vio. Era su propia cara, reflejada como si en un cristal se tratara. No tenía rostro, su faz era un espejo de muerte. Quizá un oráculo que advertía o tal vez le sentenciaba.
Fhil
lunes, 20 de octubre de 2008
Entre muertos
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Fhil Navarro
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jueves, 18 de septiembre de 2008
Primera cita
Imaginó tanto aquel encuentro inminente que, entrada la noche y a menos de nueve horas, se quedó desesperada y desorientada en la cama, como una cucaracha recién rociada con insecticida, estancada contra la superficie, boca arriba, moviendo inútilmente las patitas, buscando el oxígeno que ya no llega. Temerosa de quedarse como ellas a esperar la muerte, hizo un sobreesfuerzo y se volteó dándole la espalda al miedo.
Inma
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lunes, 18 de agosto de 2008
Microcuento de interpretación libre.
A medio concierto no pudo contenerse más.
Inma
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lunes, 2 de junio de 2008
Poesía
Crucé el umbral del último peldaño.
Por el triste y grisáceo andén se me cruzaban personas que jamás había visto y que jamás volvería a ver. Una música cálida había llegado hasta mis oídos en el momento en que me detuve en la precipitada muerte del umbral de un escalón. Un joven cantaba con su aguda voz mientras hacía el amor con su guitarra. Todos le miraban y el muchacho tan sólo acariciaba las cuerdas y cerraba los ojos para estar a oscuras. Miré al su suelo y no había nada. Me pareció mucho más poético por el echo de no pedir limosna. Poco a poco el andén se fue abarrotando y las notas seguían su curso natural. Pensé que era, todavía, aún más poético que mi final tuviera banda sonora. Además, me gustaba la canción.
El letrero indicaba que en veinte segundos aparecería el tren. Me comencé a acercar al borde de la andana, para bajarme a las vías, en el momento que atisbé a la luz salir huyendo de la oscuridad. Pero alguien se me adelantó saltando a las vías de forma torpe, no cómo lo hubiera hecho yo. Al alzar la vista, se lo llevó la luz.
La música cesó, la gente gritó, otros se desmayaron, (…)
Yo vi todo aquello desparramado y pensé que prefería otra forma más…, poética.
Fhil
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domingo, 25 de mayo de 2008
Tormento
La noche llora sobre la ciudad. Los ríos, hacen de sus calles afilados y cortantes escalpelos que desmenuzan a todo intrépido bizarro. Borrando con su viento las huellas de su crimen perfecto. Luz azul, eléctrico estallido. Tambores de guerra en el horizonte. Centelleante tótem de los dioses que con su mazo irrumpe partiendo tierra sitiada. Las babas del llanto se estrellan en las entrañas de la ciudad, que llora empapada por su propia tristeza.
Fhil
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domingo, 27 de abril de 2008
Desgracia en prosa de un poeta
El tiempo me ha enseñado que las bocas no son más que eso: dos labios, dientes sarrosos y una lengua salivosa que no cuelga por fuera porque no puede. Que terminan donde empiezan y que no llevan a ninguna parte. Ni siquiera la de aquella jovencita de la escuela me enganchó. Chillaba como una gata en celo, me mordía recelosa para que le perteneciera, succionaba mi miembro sin rechistar, limpiaba mis impurezas con su lengua, y aun así la aborrecí. A mis años estoy cansado de erotismo barato. Quien me diera una musa que me enseñara el amor.
Inma
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jueves, 24 de abril de 2008
Huída
Los pulmones me ardían. El callejón reflejaba la luz azulada de la medianoche y las otras luces. El vaho brotaba de las alcantarillas, mi boca y de la pistola. Sólo las sirenas de policía pudieron eclipsar el bombeo frenético de mis latidos en los oídos. Poco después las ambulancias y un derrapazo me obligó a seguir corriendo hacia el puente.
Con la muerte en los talones alcancé al puente. Pasé por alto a la voz del agente, lancé la pistola al río y un chasquido ardiente me derrumbó. Mientras saboreaba el gusto metálico de mi sangre, medio inconsciente escuché por la radio del bastardo que me había atravesado el pulmón, esta vez ardiente de verdad; "Le he alcanzado", informó excitado el agente a quien le besaba su infinita sombra. "¿Cómo?" preguntó una voz aparatosa y prosiguió "No te preocupes, ya le tenemos. Vuelve a la escena del crimen".
(Silencio)
Fhil
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